ENCANTADORES DE SERPIENTES


Típica a más no poder, la estampa del encantador de serpientes tocando el pungi delante de una cobra está irremediablemente unida a India, aunque es un espectáculo que también puede verse en otras partes de Asia y norte de África.

Este vídeo fue rodado en la ciudad de Varanasi (Benarés, Uttar Pradesh), importantísimo lugar de peregrinación hinduista, budista y jainista y un punto turístico de primer nivel en India. Miles de creyentes acuden aquí cada año a lavar sus pecados en el Ganges o a verter aquí las cenizas de sus difuntos, esperando a que alcancen el moksha o salvación por la vía directa. 

Un tráfico de personas tan grande favorece la aparición de todo tipo de vendedores, dispuestos a satisfacer cualquier demanda que necesite el cliente, ya sea un collar o un servicio funerario. También los artistas callejeros tienen aquí su espacio y su público, como el caso de los encantadores de serpientes del vídeo. 

Desde hace siglos, las cobras han sido admiradas en India como una entidad de fortaleza que significa el renacimiento y la muerte, compañeras inseparables de grandes dioses como Shiva o Vishnu. En Bengala es muy popular el culto a Manasá, la diosa de las serpientes y los venenos. Los devotos le rezan para prevenir y curar las mordeduras de los reptiles y otras enfermedades de origen vírico o infeccioso como la viruela o la varicela. 

Se supone que las cobras salen del cesto y danzan atraídas por la irresistible melodía del pungi, un instrumento de viento tradicional hecho con una calabaza. En realidad, los únicos 'encantados' aquí son los espectadores, en su mayoría turistas, ya que las serpientes no oyen la melodía. Sólo permanecen atentas al movimiento y a las vibraciones del sonido del instrumento que sienten a través de su cabeza, y su danza es una reacción al objeto que tienen delante.

Por lo general, las serpientes de estos espectáculos tienen mutilados los dientes o se les han extraído las glándulas del mortal veneno mediante cirugía. La Ley de Protección de la Vida Silvestre de 1972 condena con penas de hasta seis años de prisión a los responsables de cazar o matar a estos animales sin autorización. Esta protección por ley añadida a otros factores, como la la desmitificación religiosa y cultural de estos animales han contribuido a la decadencia del espectáculo. 

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